Archivo de la etiqueta: Historias

Redención

“No me mantengas viva”

“Te necesito”

“Sirvo más muerta, te hago mayor bien así”

“¿Harías algo por mí?”

“¿Qué?”

“Vive conmigo, préstame tus manos, te lo pido”

Las enredaderas y las plantas rastreras despertaron, se torcían lentamente sobre mí con el siseo de sus hojas al rozarse, el pasto salvaje hería mis mejillas y el chasquido de insectos me hablaba al oído. El suelo vibraba con el movimiento de toda la vida debajo. ¡Cuanta miseria! ¡Cuantas ganas de morir! 

“Tómame, que sirvo más así”. 

Y las vides rozaban mi frente, trenzaban mi cabello, fabricaban un traje verde ceñido a mi cuerpo. Lentamente iba siendo uno con el viejo espíritu hasta vivir del mismo aliento y ser humano, árbol, hierba… todo a la vez. ¡Que olor tan grato el del lugar al que pertenezco!

Y el sol de la tarde nunca me tocó, ni la tormenta me mojó ni el rayo me alcanzó, el hambre no llegó, mas sus dolores todos, todos los sentía yo. Su voz sin voz era canción de cuna y entre sueño y sueño plantaba semillas, ahuyentaba a imprudentes, veía crecer a los pequeños que ella y yo cuidábamos sin descansar; así actuaba, como reconciliadora entre el hombre y las especies. 

El tiempo en que el bosque fue fundado, ya con los árboles crecidos y el suelo colonizado, el aire lleno de trinos y aullidos y la humedad ya mantenía un ambiente propicio, terminó mi trato. 

“Estoy feliz de regresar al fin a ti”.

Porque cuando rompimos los lazos y elegimos la traición, la tristeza estalló en el corazón de la madre, y los mares y la tierra se agitaron, los cielos respondieron pero pocos se conmovieron; había que vendar la herida. Mi cuerpo regresó a la tierra pero estoy en la maleza que se enreda desde entonces en los pies de los intrusos y susurra en sus oídos los horrores que ella vivió, y que les advierte que es capaz de revivir sus peores pesadillas si se atreven a tocar lo que ella les prohibió.

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©DixieDay2018

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Caminar

Un zorro quiso enseñarme a cavar madrigueras, se gastaron mis uñas y mis dedos se rasparon. Un colibrí quiso enseñarme a volar, pero mis brazos no están hechos para atrapar el viento. Un águila quiso agudizar mi mirada, desarrollé hipermetropía. Un pez quiso enseñarme a nadar y aunque sí podía, sus aguas frías no son mi ambiente natural. Entonces ¡vaya ironía! una serpiente quiso enseñarme a caminar, pero ¿cómo? dije yo, ¡tú solo sabes reptar! y respondió: ¿Acaso tienes garras? ¿Alas? ¿Los ojos del águila? ¿Acaso tienes escamas en el vientre para arrastrarte como yo? ¿Qué más podría enseñarte si no a caminar, como es tu naturaleza? Anda, pon un pie delante del otro que tu don es andar; y ya que mi morada es la superficie de este suelo, puedo decirte dónde no debes pisar.

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© 2018 DixieDay

Imagen obtenida de internet

Un abrigo olvidado

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Aunque el frío me hace hablar raro por no poder respirar bien, me encanta el invierno, no solo porque llueve y amo la lluvia y que la lluvia hace a los jardines más bonitos, también me encanta porque el calor de una taza de café es mucho más reconfortante y hace un perfecto contraste con el aire helado, que por cierto hace que me duela la nariz.

Café Cinnamon, tres de la tarde, lluvia torrencial y un abrigo olvidado sobre mi cama; un chico amable me sirvió cappuccino y enseguida quise sostenerlo sobre mis manos que ya estaban muy frías. Entonces alguien entró corriendo con un libro que protegía bajo su camisa, estaba algo empapado. Echó un vistazo a su libro que sólo tenía la portada un poco húmeda, de milagro; se sentó a mi mesa y jovialmente me dijo “hola”.

−Hola –Respondí.

−Está fría la lluvia.

−Sí.

−Pareces tener frío.

−Olvidé mi chaqueta.

− ¿No quieres mi abrigo?

−Pero está mojado.

−Ya lo sé, no es eso a lo que me refiero.

Una sonrisa tímida se escapó de sus labios, pidió un americano, leímos juntos su libro y el abrigo… Otra vez volví a olvidarlo.

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© 2017 DixieDay

Imágen extraída de internet